La IA me ayudó a hacer deporte

Toda mi vida me la he pasado evitando el deporte (salvo los años 2016-2020 en los que contaba con un entrenador personal, por recomendación de un amigo). No tengo nada en contra de él, pero mi fuerza de voluntad después de un trabajo que es agotador mentalmente estaba a cero cuando tenía un rato libre al final del día.

Mi trabajo sigue siendo el mismo, pero ahora la IA se encarga de:

  • Evitarme tener que ver una retahila de anuncios absurdos cada vez que pregunto algo.
  • Evitarme tener que leer muchísimo texto antes de llegar a lo que necesitaba leer.
  • Filtrarme muchísimo ruido que me impactaba en mi día a día.

Al final del día esa última raya de batería fuerza de voluntad me permite hacer ese deporte que llevaba seis años sin hacer.

GracIAs.

Clases de mandarín

El curso pasado me apunté a clases de chino mandarín. Este curso continúo con las clases. Si todo sale bien, tendré un A1 en mandarín al acabar el curso académico.

Nunca un objetivo tan pequeño me pareció algo tan grande.

Cuarenta años en cuarenta días

Llevaba mentalizándome desde hace varios años, pero los veo tan cerca ahora que siento algo de vértigo. Dentro de cuarenta días habré vivido cuarenta años.

Cumplir cuarenta años significa que ya has vivido la mejor parte de tu vida: la niñez, la juventud, la ilusión por el futuro, la ignorancia de la realidad. Lo mejor está por venir es una frase para vender tazas. A partir de los cuarenta, eres un cuarentón y tu consciencia lo sabe.

Cuarenta años marca el inicio de una travesía por el páramo. Dejas de existir para las políticas públicas (¿cuándo hicieron una ley para ayudar hombres de 40 a 50 años?), empiezas a disfrutar del edadismo no escrito en tu profesión y me temo que tendré que enfrentarme a enterrar a mis padres. Pero bueno, al menos entraré al páramo con pelo en la cabeza. Pocos hombres pueden decir eso.

Mi Reloj Swatch

Era una mañana de agosto de 2011 sin demasiadas preocupaciones. Paseaba sin mucho rumbo por la ciudad de los cuatro ríos. En aquella época ya existía WhatsApp y las redes sociales, pero se podía vivir sin ellas. Aquello era para los tenían BlackBerry. Como iba diciendo, iba caminando por la Rambla Llibertat y vi una tienda Swatch. La ociosidad de las vacaciones y en plena emoción del momento se me antojó comprarme un reloj; un reloj Swatch.

Era un reloj barato, con una esfera mínuscula, parecía más adecuado para un niño que para un adulto, pero tenía el tic-tac más agradable de todos los relojes que había tenido hasta ese momento.

Hace años que dejé de usar reloj. Al fin y al cabo, pasamos el tiempo con la vista pegada a una pantalla que incluye, entre otras cosas, reloj y múltiples notificaciones para que no levantes la mirada ¿Quién necesita cargar más trastos? Sin embargo, me gusta escuchar ese tic-tac. Me recuerda que el tiempo pasa, que cada segundo cuenta.

Al final está decorando mi mesa del despacho. Porque 14 años después sigo teniendo la misma opinión: tiene el tic-tac más agradable de todos los relojes que he tenido hasta este momento.

Mi última clase

Tenía esta entrada en borradores y hasta ahora no he encontrado tiempo para publicarla.

Tras 11 años dedicándome a la docencia (a tiempo parcial), impartí mi última clase el pasado 15 de mayo de 2024. Me despedí sin darle más importancia, casi en secreto. Al fin y al cabo, no soy un vuelo del que haya que anunciar las salidas por megafonía.

Esperé a que todos los alumnos se fuesen y pasé diez minutos meditando en silencio. En la vida no solemos ser conscientes de cuándo es la última vez que haremos algo antes de morir, pero en esto sí. Decidí que mi aportación a las siguientes generaciones a través de la docencia acababa aquí, en este momento. Por un lado dejaba un hueco para que otra persona tuviese la oportunidad de vivir la experiencia y por otro lado liberaba tiempo en mi agenda y espacio en mi cabeza. Me serví una copa de Laphroigh 10 para brindar por los 10 cursos académicos ejercidos (por si sentías curiosidad por el catavinos de la foto). Sentí cierta solemnidad en aquel momento solitario. Sabía que a partir de aquel momento nadie más volvería a llamarme profesor en el resto de mi vida.